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Atención y Silencio

15/03/2009

Estar atentos implica un estado extraordinario de la mente -estar atentos a cuanto les rodea, a los árboles, al pájaro que canta, al Sol que está detrás de ustedes; estar atentos a los rostros, a las sonrisas; estar atentos a la suciedad del camino, a la belleza de la tierra, a la palmera contra el cielo rojo del crepúsculo, a la onda sobre el agua-, simplemente estar atentos, sin preferencia alguna. Por favor, háganlo mientras prosiguen con esto. Escuchen a estos pájaros, sin nombrarlos, no reconozcan la especie, sólo escuchen el sonido.

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Escuchen los movimientos del propio pensar, no los controlen, no los moldeen, no digan: “Esto es bueno, eso es malo”. Simplemente, muévanse con ello. Eso es la percepción alerta, en la que no hay opción ni condena ni juicio ni comparación o interpretación; sólo observación pura. Eso hace que la mente sea altamente sensible. En el momento en que nombran, han retrocedido y la mente se embota, porque eso es lo que acostumbra hacer.

 En ese estado de percepción alerta hay atención, no control ni concentración. Hay atención. O sea, escuchan a los pájaros, ven la puesta de sol, contemplan la quietud de los árboles, oyen pasar los automóviles, oyen a quien les habla; y están atentos al significado de las palabras, a sus propios pensamientos y sentimientos y al movimiento de esa atención.

Uno aprende cuando hay atención y silencio.

                                                                                                               (Sobre Dios, pp. 122-123)

Estar solo

16/02/2009

Es bueno estar solo. Estar solo es hallarse muy lejos del mundo y, no obstante, caminar por sus calles. Estar solo subiendo por el sendero junto al veloz y ruidoso torrente de la montaña que rebosa con el agua de la primavera y las nieves derretidas, es estar atento a ese árbol solitario, único en su belleza.

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El sendero llevaba muy lejos del ruidoso torrente y el silencio era absoluto. No había allí nadie con quién hablar y la mente no parloteaba. Sólo recientemente descubrió él que no había un solo pensamiento durante esos largos paseos por las calles atestadas o por los solitarios senderos. Él siempre había sido así, desde que era niño; ningún pensamiento penetraba en su mente. Él sólo observaba y escuchaba, y nada más. En estos paseos, con gente o sin ella, todo movimiento del pensar estaba ausente. Eso es estar solo.