El cerebro quedó silencioso

Era una hora de quietud y el torrente aún estaba dormido. Había una débil luz lunar y los cerros estaban oscuros, destacando sus formas frente al pálido cielo. No soplaba brisa alguna y los árboles permanecían quietos y brillaban las estrellas.

Mirando a través de la ventana, el cerebro estaba intensamente vivo y sensible, y la meditación se tornó por completo diferente; algo a lo que el cerebro no podía enfrentarse. Por lo tanto, este se replegó sobre sí mismo y quedó silencioso.

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Las horas que precedieron al amanecer parecían no haber existido y cuando el sol surgió sobre las montañas, y las nubes atraparon sus primeros rayos, sólo había asombro en medio de tanto esplendor.

 

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